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Manos vacías

  • 29 mar
  • 1 min de lectura

Regresar a casa cansado, herido, desgastado y con las manos vacías no siempre es fácil.



Y no es que uno vaya a pretender que las cosas siempre sean fáciles, pero ese momento en que te tiemblan las manos y no querés hablar porque no sabes si al abrir la boca saldrán palabras o te desarmas ahí mismo.


Hay una canción de J.A. Romero que dice "Con manos vacías vengo a tí, no tengo nada que darte" y la oído criticar muchísimas veces porque dicen ¿cómo alguien va a presentarse delante de Dios con las manos vacías? ¿Y cómo no? Si hasta la mayoría de las veces que hemos logrado encontrarnos cara a cara con Dios es tras haber quedado en la ruina, como el hijo pródigo o como Job.


Porque regresar a casa con las manos vacías no tiene porqué ser una señal de derrota, aunque humanamente parezca lo opuesto.


Cuando uno va con las manos llenas, con sueños, expectativas, proyectos, anhelos; es el momento ideal para afirmarse en Dios.


Cuando uno regresa con las manos vacías, el corazón partido y un nudo en la garganta; es el momento para aferrarse a Él, refugiarse entre sus brazos y buscar la paz.


Y, de nuevo, no es fácil. Es necesario.


Y Él siempre espera en casa.

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